Lo bueno se suplanto por el Ikea! y la tierra se desgarro! Restauración de cocina de roble
![]() |
| Antes |
![]() |
| Despues |
Hoy estoy hipercontenta. Me han hecho un encargo de alguien muy cercano, pero que apenas me conoce, y eso me ha hecho centrarme de una forma especial en este trabajo. No porque el resto no importe —ya sabéis que siempre pongo el mismo cuidado—, sino porque cuando alguien confía sin conocerte del todo, la responsabilidad pesa distinto.
Son personas maravillosas que han confiado en mí, y quiero que queden completamente satisfechas.
Se trata de una cocina de madera de roble, barnizada hace años. Presenta varias imperfecciones fruto de restauraciones anteriores y de lijados poco cuidadosos, además del desgaste propio del paso del tiempo. Algunas puertas estaban bastante maltratadas por la humedad. Aun así, es una madera magnífica, de las que ya no se trabajan hoy: roble cortado hace décadas, secado con paciencia, asentado. Madera viva. Y una madera así merece, sin duda, una segunda oportunidad.
Lo primero que hice fue desmontarla por completo para poder llevarme las piezas y trabajar con ellas con calma. Tengo un mes para realizar el trabajo y espero cumplir los plazos, así que manos a la obra.
Para retirar el barniz utilicé decapante, un producto químico bastante corrosivo. Es fundamental usar guantes y tener cuidado de no tocarse la cara ni los ojos; si ocurre, agua abundante y rápida actuación. El decapante se aplica poco a poco, en pequeñas cantidades y sin extender demasiado. Yo lo aplico con brocha; si es una brocha vieja y para tirar, mejor aún.
Se deja actuar entre dos y cinco minutos. Enseguida se observa cómo burbujea y empieza a levantar el barniz. Espero un minuto más y entonces voy retirándolo, normalmente con una cuchilla, siempre con mucho cuidado de no rayar la madera. También se puede usar espátula —de construcción o de plástico— o incluso formones, pero en ese caso con muchísimo cuidado, ya que cortan y pueden dañar la pieza.
Las puertas tienen paños con relieve y zonas redondeadas. Para esas hendiduras utilicé una gubia curva, que permite rascar sin forzar la veta. En las partes cuadradas trabajé con formón y después limpié bien todos los restos de decapante con lana fina.
Más tarde, con trapos y disolvente de limpieza, fui retirando la suciedad acumulada en los huecos. Y después llegó lo de siempre: lija fina, muchas horas de trabajo y paciencia. Cajones y puertas, uno a uno.
Cuando terminé de lijar, pasé la pistola de aire con el compresor para eliminar cualquier resto de polvo. Después apliqué dos capas de tapaporos, para proteger la madera de los líquidos inevitables en una cocina y permitir su limpieza con una bayeta húmeda sin volver a dañarla.
Por último, hidraté bien la madera con aceite de linaza, devolviéndole su brillo natural. El roble recuperó un tono más sobrio y profundo, perdiendo ese naranja artificial que había adquirido con el barniz.
Quedó lista para volver a ser usada, tocada y vivida. Al menos otros cuarenta años.
Restaurar no es solo arreglar. Es respetar la materia, el tiempo y la tierra de la que salió esa madera. Es trabajar con algo que ya fue árbol, que ya fue hogar, y darle continuidad sin borrarle la memoria.






Comentarios
Publicar un comentario