La deficniciónn de la palabra Humanidad no corresponde con el humano!Juguete Para Gato

JUGUETE PARA GATO



Hoy vamos a hacer un juguete para mi gatín, recién adoptado.
Lo encontraron en un contenedor de basura, con apenas un mes de vida.
Un ser vivo. Respirando. Sintiendo frío, miedo, hambre. Tirado como se tira algo roto, algo que estorba.

A veces la palabra humanidad no se parece en nada a lo que nombra.

Lleva con nosotros solo unos días. Es cachorro y tiene esa energía torpe y urgente de quien no sabe todavía si el mundo va a sostenerlo o volver a empujarlo al vacío. Juega porque está vivo. Porque sigue confiando. Todo lo muerde, todo lo rasca: el canapé, el sofá, cualquier cosa que encuentra a su altura. No rompe: explora. Busca un lugar.

Y ahí empieza todo.

Con unos recortes de madera que habían sobrado por casa y un poco de cuerda que compré, decidí hacerle algo propio. No solo para que juegue, sino para reparar —aunque sea mínimamente— esa primera violencia: la de ser desechado. Para recordarnos que no todo lo que molesta se tira, que no todo lo que ocupa espacio es basura.

Para mí el reciclaje no es una idea bonita ni una moda. Es una posición ética.
Es decir: esto aún vale.
Tú aún vales.

Vivimos rodeados de restos: materiales, objetos, cuerpos, vidas que el sistema no sabe —o no quiere— cuidar. Convertir algo descartado en algo útil no es solo creatividad: es una forma de resistencia suave. De negarse a aceptar que el valor lo decide el mercado.

Empecé pegando la cuerda a unos trozos de madera con forma cónica que llevaba tiempo guardados. Cola blanca. Esperar. Secar. Sin prisas. Después, con unas puntas y más cola, fui levantando una pequeña torre, tabla a tabla. Todo con piezas que ya habían tenido otra vida: palos de prácticas de torno, restos olvidados, madera que no iba a ningún sitio. Como él.

Con cascabeles y más cuerda fabriqué juegos colgantes, simples, imperfectos. En uno de los palos puse goma, para que al atraparlo pudiera estirar, tensar, soltar. Jugar también es aprender cómo funciona el mundo: qué cede, qué resiste, qué responde.

La idea nunca fue hacer algo bonito.
Fue hacer algo justo.

Algo que pudiera morder, arañar, tirar al suelo sin castigo. Algo que no se rompiera al primer error. Enseñarle dónde sí y dónde no, pero sin golpes, sin gritos, sin imponer. Ofreciendo alternativas. Como debería aprenderse todo.

Cuando terminé el pequeño castillete lo pinté con tinte translúcido para madera. Colores vivos. Alegres. Dejé que se viera la veta, que la materia no desapareciera bajo la pintura. Porque reutilizar no es maquillar: es reconocer lo que fue y permitirle seguir siendo.

Al final no salió solo un juguete.
Salió una pregunta incómoda:
¿cómo hemos llegado a normalizar que un ser vivo acabe en la basura?
¿En qué momento dejamos de parecernos a la palabra humanidad?

Aquí, al menos, algo cambió de lugar.
Y eso, a veces, ya es empezar a cuidar.

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