Con la iglesia hemos topado!! Puerta de una sacristia
Hace unos días nos trajeron lo poco que queda de una sacristía. Del armazón del armario no queda nada; solo algunos frentes de los cajones y apenas el resto de una puerta.
El estado es lamentable, aunque también es cierto que estamos hablando de una madera de tantisímos años. Nogal. Nogal macizo por los cuatro cantos. Algo prácticamente inexistente hoy. Aquí es evidente que quien tenía poder, mandaba.
Trabajo en lo público. Y hoy trabajo para lo privado. Y no para cualquier privado, sino para una institución que no paga impuestos, que acumula bienes, que gestiona patrimonio como si fuera eterno, y que aun así considera caro lo que las restauradoras perdemos —tiempo, cuerpo, conocimiento— en devolver la vida a sus objetos.
La pieza está acabada en cera virgen. En aquella época el barniz era raro; la goma laca, más común. Aquí, solo cera. Todo el frente está tallado. Mucha polilla, muchas pérdidas. Nos han encargado restaurar el frente; el armazón lo hará una carpintería externa. Los cajones los hacemos nosotras. Como siempre: lo invisible, lo minucioso, lo que no luce, lo sostienen manos que no aparecen.
Mientras trabajo, no puedo dejar de pensar en la contradicción. En una institución que predica humildad y acumula nogal del siglo XI guardado, secado, protegido. Madera cortada en seco, conservada durante siglos, mientras fuera la gente pasaba hambre creyendo en una fe que no se predicaba con el ejemplo.
No hablo desde el odio, sino desde la materia. Porque la madera no miente. El nogal que tengo entre las manos me habla de tiempo, de cuidado, de conocimiento transmitido. Me muestra cómo se cortaba, cómo se secaba, cómo se guardaba. Me enseña más sobre humanidad que muchos discursos.
Lo primero que hicimos fue buscar maderas viejas que se parecieran a la original, para no violentar el conjunto con contrastes innecesarios. Luego cortamos las partes estropeadas, dejamos huecos, ensambles. Lijamos, aplicamos antipolilla, pusimos la pieza “a cuaresmas”, como digo yo: días encerrada, tratada con paciencia, agujero a agujero, con jeringuilla. La envolvimos en plástico para que no respirara, para que la polilla muriera.
Mientras tanto, fabricamos los cajones nuevos con colas de milano, como se hacía antes. Hoy casi nadie las usa. No porque no funcionen, sino porque requieren tiempo, precisión y saber.
Y mientras hago todo esto, pienso en cómo esta institución ha sido históricamente intocable. En cómo ha gestionado bienes privados con dinero público. En cómo se ha beneficiado de una estructura que la protege incluso cuando han salido a la luz escándalos gravísimos y documentados: abusos, silencios, fosas ocultas, vidas rotas. No hechos aislados, sino sistemas de ocultación. Y aun así, sigue recibiendo protección, fondos, respeto automático.
Yo no tengo por qué pagar, con mis impuestos, la restauración de bienes que luego no son públicos. Igual que no tengo por qué financiar espectáculos o empresas que no me pertenecen. Y sin embargo aquí estoy, trabajando con emoción, porque la pieza lo merece. Porque la madera lo merece. Porque el saber lo merece.
Rellenamos los agujeros con cera virgen. Tallamos las piezas nuevas copiando el dibujo original. Frotamos hasta que la madera brilló por su ausencia. Y en ese gesto, tan sencillo, hay más verdad que en muchos altares.
La Iglesia habla de fe. Yo hablo de hechos.
De manos.
De tiempo.
De materia.
Predicar sin ejemplo es vacío.
Conservar madera durante siglos mientras se predica pobreza es contradicción.
Y aun así, aquí estoy, restaurando, aprendiendo, emocionada. No por la institución, sino a pesar de ella.
Porque el verdadero patrimonio no es suyo.
Es del tiempo.
Y de quien lo cuida sin apropiárselo.

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