de lo bueno a la lo malo, cambio! Restauración Sillín de la bici

Artesanía hippie Su: Restauración Sillín de la bici:
Hola!

Hoy tocó arreglar el sillín de una bicicleta. Un sillín clásico, de esos que ya casi no recordamos cómo eran porque ya no se hacen. Y no es nostalgia: es realidad material. Por más que busques, lo que se fabrica hoy no se le parece en nada.

Este sillín es de los años cuarenta. Y sí, lo digo claro: es infinitamente mejor que la mayoría de la basura que producimos ahora. No porque sea antiguo, sino porque fue pensado para durar, para sostener un cuerpo, para acompañar tiempo y kilómetros. No para romperse y volver a comprarse.

Venía de una bicicleta antigua, de esas estáticas de hace treinta o cuarenta años. Por debajo estaba muy comido; el cuero, cuarteado por el paso del tiempo. El hierro, en cambio, se mantenía entero: algo oxidado, pero firme. Y ahí ya estaba todo dicho. Antes, incluso lo que se desgastaba lo hacía con dignidad.

Lo primero que hice fue desmontarlo por completo, pieza a pieza. Crear los patrones, entender la forma original, respetarla. Corté el cuero nuevo con calma. Como necesitaba que fuera una pieza rígida, por dentro coloqué cartón piedra: un material sencillo, eficaz y honesto. Al ir cubierto por el cuero, no entra el agua; si no se desharía. Todo tiene su lógica cuando se conoce la materia.

Cosí bien toda la pieza, despacio, desandando y rehaciendo cuando era necesario, hasta dejarla lista para volver a colocarse sobre la estructura original. No se trata de tapar, sino de continuar.

A la estructura de hierro le apliqué un líquido para eliminar la herrumbre. La dejé secar, la lijé bien, sin prisa. Después la pinté con un spray de automoción negro mate. Una capa uniforme, cuidada, y de nuevo a esperar. El tiempo también forma parte del trabajo.

Cuando todo estuvo listo, uní el armazón de cuero a la estructura con remaches. Sin trampas. Sin atajos. Y ahí estaba otra vez: un sillín increíblemente cómodo, sólido, honesto. Un sillín que no pide disculpas por existir tantos años después.

Restaurar algo así no es solo arreglar un objeto. Es negarse a aceptar que lo viejo es peor. Es entender que ya hubo formas de hacer bien las cosas, de trabajar con materiales reales, con cuero, con hierro, con sentido. Es recuperar un saber que no necesita manuales modernos ni discursos grandilocuentes.

Y hacerlo con las manos, desde casa, como mujer, sin imponer nada, solo mostrando el resultado, también es una forma de decir:
otra manera de estar en el mundo es posible. Ya existió. Y puede seguir existiendo si no dejamos de cuidarla.

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