La cama matrimonial ha sido, durante siglos, uno de los centros silenciosos del hogar.




Hoy hacemos un cabecero de cama.
Y puede parecer algo simple, casi decorativo. Pero no lo es.

La cama matrimonial ha sido, durante siglos, uno de los centros silenciosos del hogar. Ahí se ha construido la familia, se han sostenido cuerpos cansados, se ha parido, se ha enfermado, se ha amado y se ha sobrevivido. Y, sin embargo, ese espacio —tan íntimo y tan determinante— rara vez se ha pensado desde quien lo sostiene de verdad: las mujeres.

Yo trabajo como restauradora. Con las manos. Con madera. Soy mujer, y eso nunca ha sido neutro. He tenido que aprender a hacerlo todo: pensar, medir, cortar, cargar, coser, lijar, montar, desmontar. Ser multifacética no fue una elección romántica: fue una necesidad. Porque durante mucho tiempo las mujeres aprendimos en el espacio del hogar, en el matrimonio, en la familia, sin reconocimiento, sin salario y sin voz pública.

Por eso empezar por un cabecero no es casual. Es volver al origen de ese espacio doméstico que nos fue asignado y reapropiarnos de él desde el saber y el hacer.

Para este cabecero utilicé cuatro listones de madera y algunos recortes que ya tenía por casa. Nada nuevo. Nada comprado para la ocasión. Madera que ya había tenido otra función. Porque también de eso va el feminismo que practico: reutilizar lo que existe, no consumir más de lo necesario, demostrar que no hace falta permiso para crear.

Pinté los listones verticales de blanco y los horizontales de negro. Los blancos sostienen. Los negros cruzan. Los atornillé con cuidado, dejando entre cada listón blanco el mismo espacio que su propio ancho. Ese hueco no es un error: es una posibilidad. Más tarde se convertiría en balda. En lugar útil. En apoyo.

Cuando todo estuvo bien ensamblado, corté el sobrante de los listones negros. Podría haber dejado patas, pero decidí colgarlo en la pared. Porque elegir también es parte del proceso. Nada es automático cuando se trabaja con conciencia.

Con los restos de madera que sobraron al cortar, fabriqué dos pequeñas baldas. Las hice desiguales, a propósito. No quería simetría perfecta. Quería algo más cercano a la vida real, que nunca es exacta ni limpia. Ahí irán libros, objetos, cosas que acompañan antes de dormir.

Por último, coloqué unos óculos centrales. Luz para leer. Para pensar. Para no apagar la cabeza justo cuando el cuerpo se tumba. Porque el descanso también es un derecho, y la lectura, una forma de resistencia silenciosa.

Este cabecero no es solo un mueble.
Es una declaración pequeña pero firme: el hogar no es una jaula si se habita desde el conocimiento. La cama no es sumisión si se construye con autonomía. El trabajo manual no es menor cuando lo hace una mujer.

Aquí no hay imposición. Hay ejemplo.
Aquí no hay discurso grandilocuente. Hay madera, tornillos, pintura y decisión.

Y desde aquí, desde lo doméstico, también se cambia el mundo.

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