Oficios sin fronteras. Marroquineria

Marroquinería
Como todo en esta vida, esto también tuvo un comienzo. Y no fue limpio ni perfecto. Quiero compartir mis pequeños avances porque nada fue “¡hala!” como dicen algunos. Las manos necesitan tiempo, y el cuero no perdona la prisa.
Hubo un inicio torpe, con formas extrañas, con piezas que se estropeaban casi con solo tocarlas. Las tarjetas no entraban en las carteras, los billetes se resistían, las costuras se abrían. Y aun así, ahí estaba ya la lección: la materia manda, no el deseo.
Empecé con el cuero casi por azar, cuando tuve la oportunidad de hacer un cursillo al que entré de casualidad, porque ya estaba empezado. Siempre me había llamado la atención la piel: su olor, su color, su resistencia. Sobre todo su duración. La piel bien trabajada no es un objeto rápido: es algo que acompaña años, incluso generaciones.
Ese curso duró unos nueve meses. Después me ofrecieron un trabajo como monitora de marroquinería, y ahí empezó de verdad el oficio. Coser y cantar, nunca mejor dicho. Cosí mucho. Muchísimo. Luego vinieron más cursos, más clases, y mientras el alumnado cosía, yo seguía trabajando. Así, casi sin darme cuenta, me encontré rodeada de piezas, de material, de horas de trabajo que empecé a mover por internet, entre conocidos, en algún mercadillo.
El boca a boca hizo el resto. Llegaron los encargos personalizados, los trabajos más elaborados, las reparaciones. Detalles para bodas, comuniones, regalos de Navidad. Y sigo aprendiendo, porque la piel no se acaba nunca. Cada día enseña algo nuevo.
Pero con el tiempo entendí que trabajar con piel no es solo un oficio. Es una posición en el mundo.
La piel habla de duración frente a lo desechable. Frente a este mundo moderno lleno de plástico, que no envejece: se rompe. El plástico no es neutro. El plástico es petróleo. Y el petróleo es guerra. La guerra es beneficio económico para los mismos de siempre, los ricos que gobiernan desde lejos, sin tocar nada con las manos.
Mientras tanto, muchos de los oficios que hoy admiramos —los que trabajan la piel con amor, con respeto, con saber transmitido— vienen de culturas que hemos explotado, saqueado o encerrado detrás de fronteras artificiales. Fronteras que no existen para el dinero, pero sí para las personas. Fronteras que permiten el expolio, pero prohíben el intercambio real.
Hay pueblos, especialmente en el mundo musulmán, donde estos oficios siguen vivos. Donde la piel se trabaja como se ha hecho siempre: con conocimiento, con paciencia, con cuidado. Y muchas veces esos mismos pueblos tienen prohibido cruzar, enseñar, intercambiar, mientras nosotros copiamos, explotamos y vendemos versiones vacías de su saber.
Eso no es progreso. Es saqueo.
Trabajar la piel desde aquí, desde casa, desde un taller pequeño, siendo mujer y usando las manos, es también una forma de cuestionar ese modelo. No para señalar con el dedo, sino para hacer de otra manera. Para elegir materiales que duren, que se reparen, que no dependan de un sistema basado en la guerra y el desecho.
La artesanía no es hippie ni romántica. Es política sin pancarta. Es ecología sin discurso grandilocuente. Es feminismo sin consignas: aprender, transmitir, sostener, reparar.
Y aún me queda mucho por aprender. Porque la piel, como la tierra, no se domina: se escucha. Y ese aprendizaje lento, compartido, sin fronteras impuestas, es quizá una de las pocas formas honestas que nos quedan de recuperar humanidad.
Comentarios
Publicar un comentario