La flor de Agua

Un arca es, ante todo, un utensilio para guardar. Para proteger lo que importa. Pero cuando además está tallada, deja de ser solo un contenedor y se convierte en un objeto que habla, que ocupa un lugar en la casa no solo por su función, sino por su presencia. Pasa a ser memoria visible.

Esta es una pequeña arca de madera de castaño, con tallas sencillas en la tapa y en el frontal. El castaño no es casual: es una de las maderas más ligadas a nuestra tierra, resistente, generosa, profundamente asturiana. Durante siglos ha servido para construir, para calentar, para guardar grano, ropa, herramientas y vida. Trabajar con castaño es trabajar con historia.

Esta otra es un arca grande, también en madera de castaño. Pensada para guardar piezas de mayor tamaño o incluso para utilizar como banco junto a una mesa. En las casas antiguas, los muebles no eran objetos aislados: servían para sentarse, almacenar, compartir. Todo tenía más de un uso, porque todo costaba más hacerlo.

La flor tallada que aparece en estas arcas no es un adorno cualquiera. Viene de la cultura celta asturiana, donde las flores, las espirales y los motivos vegetales no eran decoración vacía, sino símbolos ligados al agua, a la vida, a lo que nace y se transforma. La flor del agua habla de fragilidad y resistencia a la vez: algo que flota, que tiembla, que lucha por no hundirse. Como tantas cosas que se han sostenido en esta tierra.

Por eso este poema acompaña a la pieza. No como ilustración, sino como raíz compartida.


LA FLOR DEL AGUA

(se mantiene el poema completo, sin modificar)

[poema íntegro]


Las arcas, como las canciones y los poemas, nacieron para durar. Para guardar no solo objetos, sino gestos, saberes, formas de estar en el mundo. Tallar una flor en una tapa no es embellecer: es dejar constancia de un vínculo con la tierra, con el agua, con lo que no se puede poseer del todo.

Esta pequeña arca está tallada por los cuatro cantos. Quedó a medio hacer, porque en aquel momento las colas de milano aún no me salían bien. Y no pasa nada. Aprender también deja marcas. Esta pieza se puede encontrar terminada más adelante, en restauraciones. Porque los procesos no siempre se cierran cuando uno quiere, sino cuando toca.

Trabajar la madera así —desde casa, con las manos, sin prisa— es también una forma de resistencia. Recuperar técnicas, símbolos y materiales de la tierra es una manera de no romper el hilo. No imponer discursos, sino mostrar, hacer y dejar que las cosas hablen por sí mismas.

Como la flor del agua: frágil, persistente, enlazada a la raíz.

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